Este artículo explora las interfaces cerebro–computadora (BCI) desde la perspectiva del Sur Global, proponiendo su transformación en herramientas emancipadoras para la inclusión, el cuidado y la autonomía. Sostiene que el valor social de las BCI depende de anclar la innovación en tres vectores clave: la soberanía cognitiva, que extiende los derechos sobre los datos al ámbito neural con principios de reciprocidad y trazabilidad; la justicia epistémica, que corrige los sesgos en los conjuntos de datos del Norte Global para mejorar la generalización en contextos diversos; y el diseño situado, que adapta las tecnologías a las realidades locales.
En el plano técnico, se destacan avances como decodificadores robustos y explicables, la adaptación en línea para reducir la calibración, la eliminación de ruido basada en modelos de difusión y electrodos cómodos que favorecen la inclusión pediátrica, con énfasis en el electroencefalograma (EEG) no invasivo en América Latina. Asimismo, se abordan riesgos como las asimetrías geotecnológicas, la privatización de datos y las violaciones de la neuroprivacidad, proponiendo una estrategia basada en cinco pilares: investigación con licencias recíprocas, diseño local de código abierto, formación ética, regulación mediante entornos de prueba (sandboxes) y proyectos piloto con impacto social.

Finalmente, se presenta una hoja de ruta 2025–2030 para transitar de prototipos de laboratorio a sistemas sostenibles, priorizando métricas de eficacia, seguridad y equidad bajo una gobernanza democrática, y posicionando al Sur Global como líder en neuroderechos y dignidad cognitiva.
“Las interfaces cerebro-ordenador (BCI) se han consolidado como un campo de convergencia en neurociencia, ingeniería y aprendizaje automático (proceso mediante el cual las máquinas aprenden patrones a partir de datos), traduciendo la actividad cerebral en comandos para dispositivos o señales de comunicación [1,2]. Este campo tecnológico tiene el potencial de transformar la rehabilitación, la comunicación asistida y el aprendizaje, al permitir la interacción directa entre el cerebro y el mundo digital. El progreso técnico en las últimas décadas ha reducido las barreras clásicas de control, robustez y latencia (retraso en la respuesta), abriendo la puerta a aplicaciones fuera del entorno de laboratorio [3]”.
https://www.intechopen.com/online-first/1233830
Autor:
Dra. Clara Elisa Tapia – Vicerrectora de Innovación Pedagógica y Modelo Educativo.
Español
English








